Santaolaya's Fine Arts
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CUANDO LA MÚSICA   SOMOS TODOS

 

Hiremio García, quien ahora aparece firmando Santa Olaya, se ha formado a sí mismo con el sencillo pero inusual expediente de ver mucho, hablar poco y, sobre todo, volver una y otra vez sobre la superficie –lienzo, papel– que constantemente lo interroga.

 

Huérfano de academia, se constituyó él mismo en profesor y alumno. Y como se trataba de aprehender un oficio asaz esquivo, decidió comenzar si no por los orígenes del género, al menos por aquellas zonas codificadas de antiguo: bodegones, retratos y paisajes, a los cuales llegó a imprimir la deleitosa precisión del artesano y ese inefable signo, a veces inquietante, sin explicación lógica alguna, que roza los dominios de lo que, a falta de mejor término, llamamos arte.

 

La inquietud vital del hombre, su extrema curiosidad, encontraba sosiego momentáneo en la obra que, casi sin saberlo él, iba tomando mayores dimensiones formales, más complejas soluciones plásticas y la consabida densidad de concepto que sucede al inicial goce lúdico.

 

Pero he aquí que un día se encontró conque ya lo sabía “todo”. Los paisajes y los bodegones comenzaron a salir con más o menos facilidad, sin exigir ese desgarramiento, esa duda constante que jalona el camino del crecimiento humano y artístico. Era momento de parar. Era el justo instante de someter a crítica lo alcanzado hasta ahí y, libre de preconceptos, volver a hacer de cada jornada de trabajo el comienzo del comienzo.

 

Entonces se lanzó al abismo y sin redes. Cambió radicalmente la estrategia representacional, amplió el diapasón del color y, lo más importante, apeló a su primera vocación, la música, para explorarla como campo temático.

 

Así fue como “halló” a esos músicos apenas sugeridos, despojados de todo rasgo superfluo, cercanos a la difuminación, entregados al goce supremo de convertir el tiempo en armónicos sonidos.

 

Tengo para mí que en este momento de su obra, el más original, el que más lo expresa, Santa Olaya (que es ahora quien pinta, pues había que arrasarlo todo, hasta el nombre) no busca representar a los ejecutantes de este o de aquel instrumento, tampoco a los bailadores, ni a los voyeuristas de salón, que se deleitan adivinando debajo de la ropa de ocasión las sinuosidades de los cuerpos. No, Santa Olaya persigue, como aquel personaje de Cortázar ese instante cuando todo se amalgama y la música somos, simplemente, todos.

 

Alex Fleites

Septiembre y El Vedado del 2008





Hiremio Garcia (SANTAOLAYA)

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